No hay dolor sin trasfondo de amor

Por: Areli Nohemí Gutiérrez Rdz.

Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas (dolores)
como cuando amamos, nunca más desdichados y desvalidos
que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor.

Sigmund Freud

Había una vez un ser humano incapaz de percibir en su mente y en su cuerpo esa sensación que causa el dolor de las vísceras, que se anudan y se sienten como un golpe recibido en el estómago, que nos hace doblarnos tocándonos el abdomen, como si hubiéramos sido lastimados por una bala; como si nos estuviéramos desangrando, heridos, inmóviles. El cuerpo fragmentado, la mente en estado de shock.

Trauma, así lo conocemos; cuando algo no esperado invade al sujeto sumiéndolo en un desconcierto total, sin saber qué decir, para dónde moverse, cómo reaccionar, mucho menos qué pensar.

El llanto aparece como único fluido que puede deslizarse sin que nada lo detenga, independiente, sin control, desbordado, imparable, libre.  

Me estoy refiriendo a eso tan nombrado, más no vivido por todos; hasta que llega, sí, hasta que llega el momento de la muy mencionada muerte, y entonces el dolor hace presencia en el cuerpo.

Un ser querido deja de existir y el caos ha iniciado, la pérdida del tiempo, las alucinaciones no cesan de llegar, pues los vemos por todas partes y en todo momento, los días se vuelven borrosos, nublados, en un tono gris-amarillento, polvoriento; muy diferente al color de los días cotidianos, colocándonos en un estado jamás conocido. Esta es otra dimensión a la que somos trasladados por un determinado tiempo (time), y luego el duelo: trabajo lento, detallado y doloroso.   

Pero vayamos a cuestionarnos, a hacernos preguntas que nos aclaren el tema.

Iniciemos diciendo, entonces, ¿qué es el dolor?

El dolor puede ser provocado por una lesión de los tejidos en el cuerpo, el dolor puede aparecer ante la pérdida súbita de una persona, ante la ruptura íntima con un ser querido, ante la falta; para Freud es de donde viene la angustia, algo nos falta y nos angustiamos, es la transformación del Yo, una relación está a punto de desvanecerse y el sujeto advendrá en algo distinto, lo cual no podemos abordar sin cierto vértigo.

Para Lacan, tiene que ver con algo que no hemos dado por perdido, a lo que no renunciamos (la falta de la falta); algo que no es aceptado como posible, conocemos a esta situación, desde el campo psicoanalítico, como dolor psíquico, o (desde Freud) como realidad psíquica; y es a esta a la que me enfocaré.

En el dolor psíquico se perciben síntomas externos como lo hemos visto en los casos de Freud con sus histéricas, donde nos muestra cómo la manifestación sensible de una pulsión inconsciente y reprimida queda atrapada en ese cuerpo sufriente, sin ninguna causa orgánica visible; lo que significa que un primordial significante ha hecho huella.

El sufrimiento nos deja, pues, en esa incapacidad de nombrar, de articular palabras; cuando de dolor y amor se habla, el lenguaje queda limitado, lo vivimos como una tensión inconsciente constante, pulsión que no cesa de bordear ese objeto, esa meta, esa imagen, esa representación; escapando, así, al principio del placer.

Es lo Real en Lacan, UN RESTO imposible de transmitir y que se sustrae a la sistematización de significantes; es lo inaccesible a cualquier pensamiento subjetivo, imposible de simbolizar, cualquier palabra queda fuera del universo simbólico. Aun así, Lacan nos menciona que este real no cesa de inscribirse, no se puede cubrir ni con lo simbólico (palabras, conceptos, lenguaje); ni con lo imaginario (las escenas, la fantasía, el fantasma). Ese o eso, es, precisamente, el dolor como se concibe desde el psicoanálisis.

Encontrarnos que esta situación de pérdida nos coloca ante una prueba por atravesar, es un hecho; ¿y qué prueba es? La prueba de la separación que nos perturba y nos obliga a reconstruirnos, a desinvestir la libido de ese objeto sobre el cual giraba la pulsión, tarda su tiempo, sobre todo para la elección de otro objeto de amor donde podamos volcarnos nuevamente.   

En psicoanálisis, este tiempo lo ubicamos, específicamente desde Lacan, desde sus tres registros real/simbólico/imaginario (es la construcción del sujeto): los cuales conforman al sujeto en su estructura, y son los afectados en este momento de separación del vínculo amoroso; nos movemos, así,  a partir de un  Real que marca el tiempo de reorientación de los goces; de un simbólico que es el tiempo del Juego de las palabras (lenguaje-lalengua) y un imaginario, que es el tiempo donde realizamos cambios de escena.

Así, somos sujetos marcados por diversos tiempos en el inconsciente; tiempos que se ven reflejados en el cuerpo de una u otra forma.

De este modo, la segunda reacción después del shock y de haber sido atacados o tocados en nuestro Real es la negación de esa pérdida; es la aferración a la existencia del ser querido, o a la resistencia por parte del Yo a todo lo que nos perturba: no ser amados, envejecer, enfermar, no ser complemento de la persona que queremos; incluso de la que elegimos en un momento, morir; pues nos parece imposible creer que nos pase esto. Y de forma alucinatoria actuamos algo del orden de: «esto no puede estar pasando».  

Dicho en términos más freudianos; asumir la castración supone reconocer imposibles, lo cual queda suspendido en esta etapa de sufrimiento.

Pero ¿por qué o por quién sufrimos?

Jacques Alain Miller nos dice que amar verdaderamente a alguien es creer que, amándolo, se accederá a una verdad sobre sí mismo. Amamos a aquel o aquella que esconde la respuesta, o una respuesta a nuestra pregunta: «¿quién soy yo?» …El amor se dirige, así, a aquel que, pensamos, conoce nuestra verdad y nos ayuda a encontrarla soportable… El amor permite soportar esa verdad, porque esa verdad nuestra es sumamente difícil de aguantar; porque siempre se trata de lo mismo, de darnos cuenta de que nos falta algo y que no encontramos forma de satisfacer eso.

Para amar, hay que confesar la falta, y reconocer que se necesita al otro, al otro que nos hace… falta. Deseamos porque estamos en falta, asumir la castración sería la vía adecuada para vivir.

El amor nos coloca en una posición de incompletud, de dependencia, de desvalimiento; Lacan nos dice: «amar es dar lo que no tenemos a quien no es». De esta forma depositamos nuestras esperanzas en ese otro que pensamos como complemento, lo cual es una parte del imaginario (imago).

¿Y de dónde viene este imaginario?

En el Estadio del espejo (1949), Lacan nos menciona que esta experiencia de fragmentación de las pulsiones en el cuerpo queda unificada ante la imagen que vemos de nosotros; nos refleja la escena de completud, cuando en realidad, biológicamente, nos falta mucho más tiempo en el desarrollo para movernos por cuenta propia. Es la ilusión, pues, de sujetos completos, terminados y sin falta.

Aun así, vivimos un júbilo frente al reconocimiento de la propia imagen, que a la vez sucede al reconocimiento recibido por el Otro; resultado de este enfrentamiento visual: el Yo ideal, una ficción irreductible; lo imaginario y sus efectos, adelantados al tiempo del ser. Se trata del primer momento del narcisismo.

Hay ahí un recubrimiento imaginario de lo real, y a cada momento en que la experiencia especular con el semejante se repite, el yo se consolida; por lo que nosotros, al perder este ser amado, donde nos veíamos como completos, quedamos de nuevo fragmentados (pulsiones sin sentido, sin objeto que bordear).

En su Seminario 8, La transferencia (1960-61), Lacan establece que la falta es lo que ocasiona el surgimiento del deseo. Sin embargo, «falta», en primera instancia, designaba la falta en el ser: lo que se desea es el ser mismo. Así: la falta es la falta del ser propiamente hablando. No es la falta de esto o aquello o del Otro. Lacan contrasta la falta de ser, relacionada con el deseo, con la falta de tener, la cual se relaciona con la demanda, «porque no tengo, quiero».

Ante la imagen en el espejo estamos en falta constitutiva, pero ingresamos a la alineación de manera inevitable por el lenguaje, los significantes —las palabras de la madre, su amor y reconocimiento nos hacen sentirnos completos, nos vemos en ella, nos percibimos sin falta ante este vínculo amoroso de reconocimiento; abriéndose, así, el deseo, posibilitado en el ser al ser deseados por el Otro.

Por eso (concluyo), no hay dolor sin trasfondo de amor; inconsciente, real. Lloramos por aquel que cubrió nuestra falta y, a la vez, nos colocó a nosotros en la suya. De este modo, «el amor es recíproco», es un ir y venir ante esa persona que nos coloca como causa de su deseo, tocando nuestro real con el solo anhelo, ilusión por estar presente; por aquel que nos llenó de palabras que marcaron nuestros pasos, nuestros días, nuestra historia. Amamos y sufrimos porque la muerte, viéndola como término, llega como corte, como fractura, como rompimiento; no hay más allá, es la nada, el vacío, la falta. Sí, la interminable falta que se intenta cubrir con objetos o sujetos de amor, desplazando y buscando, con inmensa angustia, taponar ese vacío propio.

Somos sujetos en falta, que suplimos con amor y deseo la falta que nos habita.

Bibliografía:

Lacan, Jacques, «El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica», en Escritos 1, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2002.

Lacan, Jacques, El Seminario, Libro 8: La transferencia, Buenos Aires, Paidós, 2008.

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