Desde mi habitación

Sobre los espacios de escritura

Por: Mónica González Dávalos

La idea inicial para este escrito surgió a partir de la lectura del libro Una habitación propia de Virginia Woolf, ensayo en el que escribe acerca de una propuesta que se le ha hecho: hablar sobre el tema de la mujer y la novela. Woolf, describe algunas cualidades de su vida, su contexto, sus comodidades y sus trabas para acercarse al difícil trabajo creativo al que se enfrenta todo escritor; la autora más que realizar un texto sobre las mujeres y las novelas que escriben, o lo que se ha escrito sobre ellas, busca ir detrás de ese título, detrás de ella misma, de ese «yo» de la superficie, y nos confronta con la realidad de que para poder escribir es necesario contar con una estabilidad económica y una habitación propia. Pero ¿qué implica la posibilidad de tener esa estabilidad y ese lugar propio? Para las mujeres del siglo XVI al XX, épocas sobre las que reflexiona la autora, no era cualquier cosa, Woolf nos habla de las dificultades con las que se enfrentaban las mujeres que deseaban dedicarse a la escritura. La indiferencia, tan difícil de soportar, con la que se encontraba todo aquel que decidía dedicarse a este oficio era tan solo una parte, pues, las mujeres escritoras, además de indiferencia recibían hostilidad. «El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: «Escribe si quieres; a mí no me importa nada.» El mundo le decía con una risotada: «¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?»» (Woolf, 2008, p.39)

Al finalizar el libro no podía dejar de pensar en que yo no tenía ningún pretexto, que no debía ser tan difícil escribir; estoy sentada en mi propia habitación, en una casa que no tengo la necesidad de compartir y cuento con un trabajo que me es suficiente para mi subsistencia. Sin embargo, eso no lo es todo, para escribir se necesitan más que el espacio, la intención y un tanto de creatividad. Se escuchan ruidos continuos, la gente interrumpe, hay que salir a trabajar, prestar atención a los otros, realizar las actividades domésticas y demás actividades cotidianas. Pero, aun así, pensaba, no hay pretexto para no escribir. Y al igual que Virginia Woolf, mientras miraba alrededor en mi habitación llena de libros maravillosos me pregunté, qué se necesita además de lo material, qué más hace falta para escribir, «¿cuál es el estado mental más propicio al acto de creación?» (Woolf, 2008, P.38)

El libro Una habitación propia es mucho más que un informe sobre las mujeres y la novela, Virginia Woolf busca hacer visible todo lo que está detrás para que una mujer tenga la posibilidad material para escribir, la independencia económica y social, la libertad de elegir; visualiza así, una lucha. Reflexiono en todo aquello que ha tenido lugar en la historia para que yo pueda estar ahora, aquí, en mi propia habitación, escribiendo. ¿Qué hay detrás de toda escritura posible?

Entiendo, entonces, que lo que yo he podido escribir  no es más que la continuación de todo lo que se ha escrito antes. Al momento de enunciar algo, ya sea mediante la voz o la escritura, eso deja de pertenecernos, se vuelve ajeno al autor, se vuelve un texto que puede ser leído por otros, Woolf nos dice que «los libros se siguen los unos a los otros, pese a nuestra costumbre de juzgarlos separadamente.» (Woolf, 2008, P.58)

Es curioso, como cuando se realiza el ejercicio de historizar alguna cosa en particular se cae en cuenta de todo el trasfondo que tiene, de todo lo que ha sucedido para que algo se nos presente de tal o cual forma. Respecto a la escritura tengo ahora la impresión de que puede hacerse justicia con ella. Me pregunto si estas mujeres pensaban en que años después serian leídas y consideradas como figuras de la literatura, y ejemplos de lucha. Las marcas son una muestra de todo lo que está detrás, puede trascender los años y llegar a lectores que jamás imaginamos.

De igual forma, la habitación propia la encuentro como una alegoría que refleja todo eso que resta, eso inmaterial, sin forma. No solo se trata de tener un lugar donde poder estar en soledad, con la tranquilidad de que no habrá interrupciones de cualquier índole, sino de atreverse a defender ese espacio propio, defender una soledad, en donde el silencio nos confronta y nos permite escucharnos.

Lo material es, por supuesto, un facilitador, brinda la posibilidad, los medios y la seguridad, sin embargo, eso que resta nos corresponde. He escuchado de mis colegas y me he encontrado también con dificultades creativas, estéticas o editoriales con las que se encuentra todo aquel que busca escribir, coincidimos en esos puntos, no obstante, también se coincide en que lo más importante cuando se siente esa ansia por decir algo, es comenzar. Encontrarse o fabricarse un lugar, iniciar y seguir escribiendo, hasta que uno acalla esa voz que detiene y juzga, hasta que encuentra el orden o el caos necesario, hasta que se deja llevar por las palabras.

Y es aquí, en estos trazos apresurados, en donde enlazo otra idea.

¿Puede ser visto el psicoanálisis como un posible acompañante en la creación de una habitación propia?, ¿en la creación de un texto?, ¿no es el consultorio una habitación destinada a brindar un espacio de habla, de escucha, de análisis, de simbolización?

Acercar el tema de la escritura al psicoanálisis no es algo nuevo, el psicoanálisis es una experiencia de palabra, se trabaja con ella, con lo escrito en la palabra. Por tanto, la cuestión de la relación que guarda el psicoanálisis con la escritura parece pertinente.

Las sesiones de análisis suelen tener lugar en el consultorio, el cual es para el psicoanalista un espacio de trabajo, en donde día a día se reciben personas a las que se les escucha, mientras expresan emociones, sueños, miedos, deseos. Es el sitio en donde acompañamos y somos testigos de su proceso, de sus replanteamientos, y sus cambios. En ese lugar se dicen cosas que jamás se han pronunciado antes, otras que siquiera se habían pensado, algunas otras que no se habían podido admitir.

Podemos encontrar muchos textos que nos hablen de las características que debe cumplir el consultorio, el estilo y la forma en cómo deben estar distribuidos los muebles dentro de el, las recomendaciones sobre la cantidad y el tipo de sillones, la función y lugar que tiene el diván en nuestra práctica, la abstinencia necesaria con los objetos que pueden estar allí, los libros, los cuadros que son colgados en las paredes y los demás objetos decorativos; se recomienda no mostrar demasiado de uno mismo, tarea que me parece obvia y necesaria por un lado, sin embargo, también me resulta necesaria la mención de la gran dificultad que conlleva dicha tarea. Los colores, el tipo de muebles, la planta que se elige, los libros que están allí, la preocupación de tener un espacio silencioso, limpio, el tiempo invertido. Todo eso también dice.

De igual manera caben las cuestiones sobre quién llega a un psicoanalista, qué hay detrás de aquel que puede acceder a ese espacio, qué busca, que recursos intervienen para que pueda producir allí algo.

Es claro el por qué se requiere que el consultorio del psicoanalista permita al paciente sentirse en un espacio privado, seguro y fuera de juicios. Lo material permite facilitar las asociaciones, pero todo ello es insuficiente, no garantiza la naturaleza del encuentro, el resto corresponde a lo que se dice. A la libertad de decir que se brinda en esa habitación.

Lo anterior lo podemos pensar en referencia a la regla fundamental del psicoanálisis, es decir, la asociación libre y todo lo que esta conlleva. Jacques Lacan, en la introducción del Seminario 16 nos dice: «¿Qué hacemos nosotros en el análisis sino instaurar mediante la regla un discurso? ¿Este discurso es tal que el sujeto suspende allí qué? Lo que constituye precisamente su función de sujeto.» (Lacan, 2008, p.19) Cuando se le pide al paciente hilar una palabra con otra fuera de toda lógica aparente se busca como consecuencia que se produzca un desfase en lo dicho, y dentro de ese cúmulo de significantes surja algo del inconsciente. En otras palabras, el discurso no debe seguir la regla del pensamiento, «sino encontrar su causa. En el entre sentido (…) está el ser del pensamiento.» (Lacan, 2008, p.13) Se busca que el discurso atraviese el semblante, y se enfrente con lo real. Pues detrás de la apariencia puede surgir algo del orden del acontecimiento.

Sin embargo, esta creación no es sin ruptura, o dicho de otra forma, no puede haber creación sin ruptura previa, la posibilidad de aprehender la totalidad de lo real es imposible, irrumpe y vuelve evidente el absurdo, el sentido no tendría que ver con lo que se muestra allí, sino con lo que se produce.

En la regla del psicoanálisis se encuentra una similitud con las recomendaciones que se hacen a quienes buscan escribir: «escribe, solo escribe, no importa que, lo importante es que algo de todo ello se mueva, que circule.» Cuando se realiza este ejercicio, el de escritura y el de análisis, llega un momento en el que se siente que no se está diciendo nada, o que se dicen cosas sin sentido, pero, de repente en esa pérdida, se crea algo, allí donde no había sino nada. Pues la falta es lo que permite la creación.

Estar en soledad frente a una hoja en blanco puede llegar a angustiar de la misma manera que estar en el consultorio del psicoanalista, del que no se conoce casi nada, y del que se recibirá respuesta en tanto nosotros digamos algo, o callemos. 

Resta seguir pensando, seguir leyendo, seguirse analizando, seguir escribiendo.

Bibliografía:

Lacan, Jacques, Seminario 16, De un Otro al otro, Clase 1. 13 de Noviembre de 1968, Paidós, Buenos Aires, 2008.

Lacan, Jacques, Seminario 18, De un discurso que no sea del semblante, Paidós, Buenos Aires. Clase 1. 13 de Enero de 1971.

Woolf, Virginia, Una habitación propia, Seix Barral Biblioteca Formentor, España, 2008.

Publicado por Mónica González Dávalos

Practicante del psicoanálisis en la ciudad de Guadalajara.

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