Fragmentos cotidianos

Por: Samuel Mora

¿Qué vemos? El sujeto no entra ahí de frente, lo hace de alguna forma a reculones.

Lacan J. Seminario IV.

Hoy me levanté temprano para salir a correr, cuando corro pienso, hago un diálogo interno donde asocio libremente, juego al auto-análisis que, ya decía Freud, tiene sus límites pero con el tiempo y la experiencia se agudizan ciertas destrezas. Pienso lo que pienso, recuerdo ese libro de Heidegger que me marcó ¿Qué significa pensar? Lo primero que llega a mi mente es una pregunta ¿en qué momento decidí que salir a correr los domingos por la madrugada era una buena idea? Mis pasos van despejando mi cuerpo, siento como mi ritmo cardiaco cambia, mi respiración se va sincronizando con el entorno y la respuesta va llegando con el silencio.

Hace muchos años, a través de la familia, tuve la fortuna de conocer algo del lama y sobre unos monjes tibetanos que no hablaban nada pero decían demasiado, a lo que me explicaron habían hecho un voto de silencio, a partir de ese momento el silencio fue algo que me interesó mucho, comencé por dejar de escuchar música para llenar, o ver televisión, evitaba los ruidos, trataba de incluso no hablar durante un día entero. Ahora entiendo porque elegí este día y esta hora para correr, la calle que me lleva a mi destino está completamente sola y se alarga ante mis ojos, los primeros claros de luz atraviesan una suave y acogedora neblina que se mezcla con el calor que comienza a generar mi cuerpo.

Después de unos minutos de caminata llegué al bosque, el aire cambia y mi cuerpo se prepara para un trote, el pavimento desaparece debajo de mis pies y ahora siento la tierra, el chasquido de hojas y ramas secas que producen mis pies agudiza mis oídos, las aves se escuchan en los árboles y el viento susurra un canto, mis brazos se van soltando y mis piernas se sienten listas para aumentar el paso, mi olfato percibe todo tipo de aromas, pino, flores, hierba, me voy sintiendo el bosque, mis ojos recibiendo las imágenes que me sumergen en una especie de efecto Droste, estoy corriendo.

Pienso en mis analizantes, me llegan a la mente aquellos que por diversas razones que desconozco han abandonado el proceso, quizá jamás tenga la respuesta de porqué, otras las he obtenido de las supervisiones pero las más de mi propio análisis; eso me lleva a pensar en las mismas veces que yo abandoné el propio análisis, lo cuál ha sido un par de veces, y me digo -no estabas listo. Pienso -el análisis está ahí para todos pero no todos estamos siempre preparados para el análisis-, me ha llevado algunos años de diván entender eso; incluso recuerdo que la primera vez que abandoné me sentía molesto con mi analista por ciertas intervenciones, las cuales en su momento no me hacían sentido, y hoy con el tiempo y la vida me doy cuenta que lo tenían, que estaban ahí diciendo algo que no estaba receptivo de tomar, muchas veces me sentí incomprendido en mi análisis.

La primera vez que decidí hacerme analizar era aún un estudiante universitario que no entendía mucho de que iba eso, venía de poco más de 6 semestres de formación médica y ya un par de años de formación psicológica, el psicoanálisis me parecía algo ajeno pero al mismo tiempo producía en mí algo que nada más lograba.

Al final abandoné mi primer análisis. Pero sabía que eso no había llegado a fin. Después de viajar a Buenos Aires por casi 1 año aprendí mucho más de eso que se pone en marcha en ese dispositivo, me cayeron muchos veintes, como dicen. Decidí retomar pero estaba muy apenado con mi analista anterior y no pude volver, además, sentía que algo en la transferencia se había quebrantado, pero también descubrí que la transferencia es intransferible, aún me duele esa experiencia pero fue crucial para mí.

Después de meditarlo un tiempo intenté retomar con un nuevo analista, por unos meses la cosa marchaba bien, pero yo seguía sintiendo que no cuadraba algo, no cabe duda de que Freud sabía del valor que tenía la transferencia, decepcionado, no del analista ni de mi realmente, se dio un impasse y simplemente lo dejé.

Casi medio año me tomó cerrar el duelo que me dejó entender la profundidad de lo que había pasado en aquel primer desencuentro.

Pero me decidí con mayor empeño a encontrar ese lugar para sentirme lo suficientemente cómodo para soportar lo incómodo y complejo que resulta la experiencia analítica. Quizá al final cuando cambiamos de analista sólo buscamos un partenaire que dé una respuesta más factible con lo que buscamos arreglar en el orden en que se organiza nuestro deseo. Al final el resto sería volver a atribuir el supuesto saber a alguien.

Y acá estoy aún en este camino de subidas y bajadas, de terrenos a veces suaves, a veces rígidos, de vueltas y rectas, incluso alguna caída o una piedra en el camino que se logra esquivar o que no. Pero así son las cosas en análisis como en la vida y vas aprendiendo a arreglártelas a hacer con la pulsión.

Como dice Lacan, uno entra a reculones, son etapas que son más productivas y otras que no, uno descubre que avanza en el curso de su deseo y éste no es lineal, en una clase decían que el psicoanálisis cataliza y favorece el avance, estimula, se requiero de mucho valor, paciencia, amor y precaución de ambas partes analista y analizante, al final lo que sucede ahí tiene efectos en el deseo. Eso siempre tendrá efectos que puedan producir placer pero también angustia. Y no cabe duda de que la resistencia es proporcional en intensidad a la proximidad que tengamos con el núcleo que nos hace sufrir. Mientras más nos aproximamos al inconsciente más nos resistimos al saber que en el permanece latente. Si bien, vamos a análisis con la idea de tratar nuestro sufrimiento, nuestro malestar cotidiano, nuestros síntomas, cuando nos acercamos al origen curiosamente suceden los efectos contrarios, porque si ciertamente nuestros síntomas nos traen sufrimiento se han vuelto también nuestros aliados en el soporte de nuestra subjetividad.

Yo me he decidido dejar esas muletas para poder salir a correr sin angustia. Quiero encontrar una nueva forma, un significante distinto;  como decía Freud, «pasar de la miseria neurótica al infortunio común». (Freud, 1985)

Creo que uno habrá de empujar su análisis hasta un cierto punto para pensar en un fin y sobre todo en la idea del lugar ético que uno se juega en hacer el papel del analista.

Silencio largo, suspendido, me quedé en el silencio. No pienso nada desde hace ya un rato, no hay olores, no hay imágenes, no hay sonidos, incluso no me di cuenta en qué momento dejé de pensar cosas, los pensamientos se fueron diluyendo con el silencio ¿cuánto tiempo? No lo sé, y de repente volví a sentir mi respiración, percibí a las aves, resonó el crujir de las hojas. Poco a poco bajo el ritmo, el amanecer me abraza con tonos naranjas y violeta, se comienzan a percibir algunos ruidos de la ciudad, siento como recobro poco a poco el aliento, llega la sensación de ligereza, vamos de vuelta a la jungla de asfalto.

El pasado y la biografía después de la experiencia de un análisis:

Hay un momento
en que uno se libera de su biografía
y abandona entonces esa sombra agobiante,
esa simulación que es el pasado.
Ya no hay que servir más
la angosta fórmula de uno mismo,
ni seguir ensayando sus conquistas,
ni plañir en las bifurcaciones.
Abandonar la propia biografía
y no reconocer los propios datos,
es aliviar la carga para el viaje.
Y es como colgar en la pared un marco vacío
para que ningún paisaje se agote al fijarse.

Juarroz

Freud, Sigmund, Sobre la psicoterapia de la histeria, Obras Completas, Luis López-Ballesteros y de Torres, siglo XXI, Argentina, 1985.

Publicado por samuelmora

Psicoanalista

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