Soledades

Por: Mónica González Dávalos

Edward Hopper –  Once am

Hay soledades que se revelan de imprevisto, como un golpe en la nuca. Piensas: estoy solo. No ahora. Siempre. Sólo. Esa palabra afónica, redonda. Están también las soledades lentas, las que se forman con el tiempo. Hay otras que estaban ahí desde el principio, que son las soledades de las que estamos hechos. Suelen permanecer larvadas bajo alguna memoria difícil. De vez en cuando esas soledades despiertan, se enderezan y te hablan al oído. Entonces uno escucha algunos secretos acerca de sí mismo. También existe, ¿sabes?, la soledad de que de tanto conocerla y tratarla a todas horas, acabas necesitando como a una leal, discreta compañía. Una soledad casi querida que, al marcharse nos deja de verdad a solas.

Andrés Neuman – La vida en las ventanas

Al acercarnos a este tema es necesario tener en cuenta algo de gran importancia, no podemos hablar de un único concepto de soledad, ya que son varias las vertientes de investigación que encontramos en este universo, pero, sobre todo porque se trata de un sentir, por lo que no podemos experimentarlos todos ellos, por tanto, hablaremos en plural, es decir soledades. Así podremos ocuparnos de algunas cuantas sin quitar su valor a todas las demás.

Para ser justa con la apertura de este texto tendría que escribir de las soledades que vivo, de las que he leído, y de las que he escuchado; por lo tanto, me centraré principalmente en la soledad que le incumbe a todos los seres hablantes, la soledad del psicoanalista y desde el psicoanálisis.

En psicoanálisis podemos hablar de un sentimiento inicial de soledad cuyo origen se encuentra en la temprana infancia, Melanie Klein en su artículo Sobre el sentimiento de soledad, nos dice que dicho sentir no se refiere a una situación concreta de estar privado de compañía, sino a una sensación profunda e interna de sentirse solo, a pesar de estar con otros. Y ubica la experiencia originaria de soledad en una etapa preverbal. En el estado inicial de desamparo el bebé experimenta una separación con la madre, persiste en él, el anhelo inalcanzable de volver a un estado interno perfecto.

Freud en Inhibición, síntoma y angustia, nos escribe también sobre «el inicial desvalimiento del ser humano», en el que nos encontramos con pocos recursos, es decir, con pocas posibilidades de sobrevivir tanto desde el punto de vista biológico como anímico, por lo que existe la necesidad en el bebé de apelar al otro. En este sentido la capacidad de estar solo es signo de crecimiento y de madurez, pues hay una disminución de la dependencia con respecto al otro.

Con lo anterior podemos comprender por qué se señala al nacimiento como la primera vivencia de soledad y agregamos que es también la primera vivencia de angustia y, en consecuencia, la fuente y el modelo del afecto de angustia. Freud hace hincapié en los diversos peligros relacionados con la pérdida y la separación que son capaces de precipitar una situación traumática en distintas épocas de la vida, incluyendo: el nacimiento, la castración, la pérdida del amor del objeto y la pérdida del objeto en sí. Sin embargo, en psicoanálisis también podemos encontrar que existe desde el comienzo de la vida una tendencia a la integración, esta separación le permite al yo desarrollarse, reconocerse e identificarse. Siendo uno de los factores que contribuyen a la disminución del sentimiento de soledad.

Esta soledad inicial de la que hemos hecho un bosquejo, es tan solo el comienzo de la soledad estructural, de la que se habla en psicoanálisis. Se trata de una soledad inherente a la constitución, pues propicia la división, volviéndonos sujetos del deseo al ser introducidos en el campo del lenguaje, esto deja marca de la separación con el Otro. Es una soledad que nos acompaña a todos los seres hablantes, y cuando nos percatamos de ella pareciera  tomar mayor fuerza. La soledad estructural tiene su relación con la angustia, y por lo tanto con la muerte, pues llega a decirnos que hay dolor, ley, deseos imposibles, que somos finitos, que no hay completud. Y a pesar de ello, queda en nosotros una huella, motor de la búsqueda por colmar ese vacío. Decimos, entonces, que esta soledad es la que le permite al sujeto hacer lazo con el otro, puesto que, es en torno a él que nos constituimos como tal.

En este momento puede parecer contradictoria la afirmación de que la soledad inicial y sus consecuencias nos permitan la compañía, por lo que podemos pensarla un poco más. Al crecer debemos adaptarnos a las normas y prácticas de una determinada sociedad, hay quizá una ruptura de los deseos y fantasías infantiles, pues este corte constriñe, pero, ¿qué pasaría si no existiera? Encontramos, por ejemplo, que cuando no existe o se vive una relación carente con la madre o el cuidador principal, subsiste el anhelo insatisfecho de una comprensión sin palabras, y dificulta el acceso a lo verbal y a lo social. Por otro lado observamos también discursos propios del neoliberalismo que incitan a los sujetos a desear mucho y tenerlo todo, ya que todo es posible o necesario; cuando estas búsquedas se vuelven exigencias enferman y aíslan, pues resaltan una máxima valorización del yo y una búsqueda por la autosuficiencia, autorrealización y autosuperación, reniegan de la falta y por tanto resaltan el ideal de completud. Bajo estas sociedades encontramos en su contra parte, sujetos que recurren a la soledad cuando hay dolor e incapacidad para compartirse en lo social y seguir el ritmo de la vida cotidiana en su demandante ajetreo. Entonces, en ese sentido y bajo esos términos, buscamos también soledad cuando deseamos protegernos.

La soledad de la que hablábamos al comienzo no es exclusión del otro, sino, diferenciación y separación; en cambio el aislamiento es producto de estas últimas soledades nocivas, pues en ellas se excluye al otro, poniendo un muro en el medio. Estas son soledades que hacen síntoma, propias de los cuadros clínicos del autismo, de la depresión, de las psicosis o los duelos «patológicos», por ejemplo.

En el encuentro con el otro nos enfrentamos también con su falta, y el efecto de esta refleja a su vez la falta de la sociedad. Es preciso haber asumido una soledad fundamental para poder encontrarse realmente con los otros, en este sentido, es necesario elaborar la soledad para romper el aislamiento.

La «verdadera» soledad es aquella que se fundamenta junto a los otros. Estar solo es algo que se aprende, es un producto que se construye. Poder estar solo implica cierta paz de saber que los otros están allí, y asumir que a pesar de ello también se está solo, pues ellos van y vienen, tienen sus propios anhelos, su esencia única, podemos tenerlos y perderlos de un instante a otro, tienen sus errores y sus síntomas.

En nuestra clínica, tal vez tan solitaria como la labor del escritor o del artista, se vive una soledad engañosa, en la que se mantienen relaciones asimétricas con quienes nos consultan, llega a ser, en ocasiones, un tanto angustiante, confuso o difícil, el enfrentarse a lo que acontece con cada sujeto, dejando a veces una sensación de no saber que terreno pisamos. Debemos aprender a tolerar eso inesperado, y también aprender a lidiar con tanta intimidad mientras conservamos la abstinencia necesaria, y sabiendo además, que ellos algún día se tienen que ir. Para esto es necesario atreverse a transitar por nuestras propias oscuridades, y realizar un trabajo constante de estudio y supervisión. Las voces de nuestros pacientes nos acompañan, de forma indirecta, pero nos acompañan.

Escuchamos hablar de la soledad en muchas ocasiones, a veces se parte desde una queja o un anhelo: «me siento solo, desearía tal compañía», o «necesito estar solo»; otras ocasiones surge desde el dolor por una pérdida: «extraño a un ser que ha muerto, o que se ha ido». Y en cada discurso se puede encontrar algo particular. Recuerdo, por ejemplo, a uno de mis pacientes que decía que la soledad era para él «un monstro siempre al asecho» pues desde niño fue dejado solo la mayor parte del día, sus padres trabajaban, sus hermanos, ya mayores, tenían otras ocupaciones, y siendo aún niño sufrió la muerte de uno de ellos. Ahora, ya de adulto no podía soportar estar solo en silencio, pues en esos momentos sentía un abismo que se abría y lo atraía hacia él. Esta sensación persistía, ya que se sentía solo la mayor parte del tiempo, aunque hubiera personas a su alrededor, este padecimiento lo tenia en un estado de aislamiento en el cual le era sumamente complejo crear lazos con los otros, era muy difícil para él hablar de cosas personales y confiar en los demás. Trabajamos, entonces, hablando en el consultorio de todo aquello, dando luz a esos recuerdos que le habían dejado marca, tuvo que pararse frente al abismo y enfrentarlo, romper el silencio que guardaba con los otros, habló poco a poco de cómo se sentía intentando recomponer el espacio de soledad que deja en lo real el abandono y la pérdida del otro.

Es esta la dimensión de la soledad que tiene más que ver con la soledad angustiante vinculada al abandono. Un alma intranquila tiene mucho ruido dentro, y aunque se esté solo no se permite el silencio, pensemos, por ejemplo, en quienes evitan a toda costa dicho estado, y cuando deben estarlo ponen música, prenden la tv, cualquier ruido está bien, puesto que, —recordando una de las viñetas clínicas de Freud, de un niño que temía a estar solo en la oscuridad—, sostenemos que «hay más luz cuando alguien nos habla».

Esas palabras las traducimos en un recibimiento, en cariño y atención desde y sobre todo en los primeros años de vida, pues van creando un sostén que nos acompaña el resto de la vida. Ya que eso permite la integración del yo, y el nacimiento de un sujeto.

Es claro que la soledad no es sinónimo de silencio, pero se entrecruzan sus caminos, y en cada cruce puede aparecer un fenómeno distinto, a veces aburre, a veces angustia, y otras veces da calma, como un gran suspiro.

Cuando se va al psicoanalista no se trata de comunicación, pues a pesar de que se esté con otro que escucha y al que se escucha, no es un intercambio recíproco. Paradójicamente, se trabaja en la búsqueda de aquello que no ha sido posible de intercambiar. Eso que no se puede decir adviene en el momento en el que se está confrontado con otro y al vacío que somos hacia nosotros mismos, despojándonos de nuestras defensas, como en un estado de desnudez, donde la única voz que está presente es la de uno mismo, incluso aunque venga del analista, y es a esa voz a la que debemos enfrentarnos. El análisis cuando avanza conduce a una zona ineludible, donde la soledad nos permite acceder a aquellas cosas que son más íntimas de nosotros mismos, lo que permite construirnos en una base sólida, y estar con los otros.

El psicoanálisis es enfrentarse a la soledad mientras se está acompañado.

Estas son algunas de las soledades de las que estamos hechos.

Bibliografía:

Klein, Melanie, Sobre el sentimiento de soledad, Obras completas, 1963.

Freud, Sigmund, Tres ensayos de teoría sexual, Obras completas, Amorrortu editores, volumen VIII, Buenos Aires, Argentina, 1992.

Freud, Sigmund, Inhibición, síntoma y angustia, Obras completas, Amorrortu editores, volumen XX, Buenos Aires, Argentina, 1992.

Publicado por Mónica González Dávalos

Practicante del psicoanálisis en la ciudad de Guadalajara.

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