Lugar del analista ante la Locura. Parte I

Por: Paola Mercado Antillón

Hoy es el día más hermoso de nuestras vidas, querido Sancho.

Los obstáculos más grandes: nuestras propias indecisiones;

Nuestros enemigos más fuertes: el miedo al poderoso y a nosotros mismos;

La cosa más fácil: equivocarnos;

La más destructiva: la mentira y el egoísmo;

La peor derrota: el desaliento;

Los defectos más peligrosos: la soberbia y el rencor;

La sensación más grata: la buena conciencia;

El esfuerzo para ser mejores sin ser perfectos;

y sobre todo, la disposición para hacer el bien

y combatir la injusticia donde quiera que estés.

Miguel de Cervantes

Don Quijote de la Mancha

¿Qué sería de la vida sin la locura?…

Al consultorio de psicoanálisis entran diferentes estructuras psíquicas, pero sobre todo diferentes historias de vida. Que si bien, es «importante», como mero apunte teórico «identificar» hacía que estructura aquella persona suele ubicarse, lo más vital en análisis es la escucha atenta ante esa historia de vida, qué se dice, cómo se dice y cómo es el lugar de esa persona para habitar el mundo.

Y no podemos negar que en consulta la locura es un lugar que se suele habitar frecuentemente, sin importar la estructura del sujeto. Locura que puede ser advertida o no, pero sí sentida y con efectos, para ese propio sujeto y su alrededor.

La psicoanalista francesa, Francoise Davoine, menciona:

El psicoanálisis es una de las vías que encontró la locura en este siglo para hacerse oír por nosotros, pero solamente en la medida en que estemos dispuestos a analizarnos continuamente a nosotros mismos en el encuentro con el paciente. Por la lentitud, la regularidad y el rigor de su dispositivo, el psicoanálisis permite al analista entrar en contacto y “existir en zonas de no existencia” del paciente. Este proceso es tan viejo como las sociedades humanas. Primero pasó por los juegos del lenguaje de transmisión oral, que consisten en el sonido de la voz, la expresión de la cara y las acciones en las cuales se tejen para hacer texto, lazo social, memoria y por lo tanto, olvido posible. Pues la locura que se habla así misma, o a todo el mundo, es decir a nadie, muestra fuera de temporalidad aquello de lo que nadie quiere saber nada y que no está inscrito como pasado. (Davoine, Gaudilliere, 2004, p.55)

El dispositivo analítico permite que la locura que habita en cada persona pueda salir con el tiempo pertinente, y se le dé un lugar. Locura propia y compartida… ¿Qué lugar tiene el analista al escuchar esa locura?…

Al pensar en el lugar del analista ante la locura de aquel sujeto que se encuentra en el consultorio, dentro del dispositivo analítico pensé en Sancho de Don Quijote.

No queda duda de que Don Quijote tenía algo de locura, o estaba «loco». Sin embargo, lo que más me gustaría resaltar aquí es a su compañero de viaje, Sancho hacía una interesante función, la de escuchar constantemente la locura de Don Quijote. Desde la escucha atenta del romance, la aventura, los monstruos que combatían y las ideas que salían como asociación libre.

Con lo que me pregunto, ¿el papel de Sancho ante la locura fue una especie de registro analítico?… Davoine menciona ante el registro de la locura lo siguiente:

La irrupción de esta instancia de lo Real torna así imposible, por definición, cualquier alteridad. Ya se trate del otro, “mi semejante, mi hermano” con el cual nos identificamos, y con quién rivalizamos –en el registro de Lacan llama lo imaginario-, ya se trate del Otro invocado para garantizar la alianza, la promesa y la buena fe, en el registro de lo Simbólico. Así pues, se define el registro de lo Real por un cercamiento, una forclusión del orden de la simbolización: Lo que no ha llegado a la luz de lo Simbólico aparece en lo Real.

Este registro vale también, sin duda, para todo aquello que en la naturaleza no ha llegado a la luz de la simbolización y que se paga sin límites con una fuerza ciega y sin nombre. Pero el mismo registro de lo Real sirve también para localizar entre los hombres lo que aparece cuando algunos lazos sociales, a veces en nombre de la ciencia misma, se ven condenados al aniquilamiento. Cuando se destruyen las garantías de la palabra, ¿cómo construir otro al cual hablarle? (Davoine, Gaudilliere, 2004, p.62)

Ante mi pregunta anterior y lo que menciona Davoine, me respondo con un sí. Sancho hace un registro, muy cercano a la función del analista con Don Quijote. Fue ese otro al cual le pudo hablar.  

No solo es un registro con escucha atenta del Otro de lo que le acontecía y tenía sus efectos en Quijote, si no también era un acompañamiento activo y constante, para que su compañero de barba blanca pudiera construir a partir de lo Real no dicho –aún- una Simbolización de su propia vida, su existencia. En otras palabras, se realizó un entendimiento a partir de la presencia de alguien más, puesto que las palabras pudieron dirigirse a otro.

Ese proceso de simbolización estará envuelto de los lazos sociales, los traumas, la historia de ese sujeto, los deseos, el Otro no dicho. Pero no solo queda en el orden del sujeto en análisis de lo que habla, también el analista con la escucha y palabra evoca un llamado a la locura. Entonces le habla a la locura, más que hablar de la locura.

¿Cómo es hablarle a la locura?…

Por lo regular en psicología se habla mucho de la locura. Tenemos un DSM que clasifica y nos clasifica ante lo normativo y anormal de la vida. Se habla de sus trastornos, de sus medicamentos, de sus terapias y técnicas para «combatirla», o «tratarla».

Pero, ¿qué hace un psicoanalista para hablarle a la locura y no quedarse en plano de hablar de la locura?

Mi primer encuentro con la locura fue en la universidad, en esos extraños –pero valiosos- viajes que se hacían al hospital psiquiátrico. Por reglamento teníamos que llevar bata blanca, bata que nos permitía identificarnos y diferenciarnos de los internos, a pesar de que en psicología no se suele usar bata. Lo que se puede decir de este punto es que todas y todos podemos caer ante la locura y las paredes de un hospital. Sin embargo, mi encuentro no fue esa cuestión de la bata, aunque es un punto importante, porque la bata hacía pensar que éramos doctoras.

Cuando estábamos en un patio, una persona interna se acerca con una carpeta sucia y arrugada, llena de muchos papeles, como dibujos, exámenes. Esa carpeta la llevaba debajo de su playera, y me dice,

-«Doctora vea, dígame usted, ¿verdad que no estoy loco?»

Dándome su carpeta a ver. Como buena inexperta de aquel momento, tomé la carpeta, la abrí. Y debo de confesar que con temor al estigma que se dice de las personas neurodivergentes. Y lo único que dije fue un «no».

Llegó una persona que trabajaba en el hospital y se lo llevó, llevándose su carpeta de nuevo dentro de él.

Han pasado más de 10 años de eso. Y en mi cabeza sigue la pregunta de esa persona, ¿verdad que no estoy loco?… con ese llamado en particular de doctora.

Rescato de nuevo mi pregunta anterior, ¿qué hace un psicoanalista para hablarle a la locura y no quedarse en el plano de hablar de la locura?..

Para mi siguiente entrada al blog, desarrollaré más esa pregunta, pero para iniciar su respuesta, diré, lo que un psicoanalista hace para hablarle a la locura es sostenerla. Porque la locura pone en jaque, como dice Davoine, «los traumas ponen en jaque al psicoanálisis tanto como la locura». No es sencillo, hacer el acompañamiento, donde también existe la trasferencia y contratransferencia, como se ve en esta relación Don Quijote y Sancho.

Bibliografía

Davoine F. Gaudilliere J, Historia y trauma, la locura de las guerras, Fondo de Cultura Económica, Francia, 2004.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: