El Reloj Inteligente

Por: Alejandro León Benítez

En la clínica, podemos dar cuenta de muchas historias y la forma en cómo se van tergiversando los sujetos debido a su historia la cual es el destino de su estructura psíquica. En psicoanálisis son tres las estructuras, neurosis, perversión y psicosis.

A continuación, les presento un cuento del género fantástico, donde el personaje bien podría ser enmarcado en las tres estructuras; y tal vez, algún otro profesional de la salud lo pueda encuadrar en un «trastorno límite», o quizás hasta en algún tipo de psicosis.  Sin más, va el cuento:

Siempre me han gustado los relojes, no tengo memoria desde hace cuánto que los colecciono, y de todos los tipos. Paradójicamente, me aterra el tiempo y ver cómo pasa tan rápido. Desde niño el tiempo jugó un papel fundamental, mi padre me decía: «el tiempo es tu vida, y es invaluable». Y mi madre decía: «si pierdes el tiempo, no lo recuperarás nunca». Mi abuela paterna sufrió mucho con un insidioso cáncer de huesos, no sé, tal vez duró así unos seis o siete años; yo tenía alrededor de ocho cuando eso pasaba. El abuelo murió de una agónica tristeza poco después. Constantemente veía y oía por todos lados referencias al tiempo; creo que por eso le temo tanto.

De lunes a sábado a las 5:47 me despierta la terrible melodía de carcacha vieja del radio reloj que tengo en el buró del lado izquierdo. Me asusta, pero no tanto para levantarme rápido, por eso no cambio de melodía porque si no, no me despertaría. Casi siempre abro primero el ojo izquierdo; el derecho, poco a poco se va despabilando y apenas si queda entreabierto. Con la visión borrosa, la cual me dura varios minutos, me levanto y trato de cuidar siempre el pisar primero con el pie derecho, no vaya a ser que mi día sea malo. Veo el segundo reloj, el Rado que me regaló mi padre cuando terminé la universidad, siempre lo dejo en la vieja cómoda de madera de mezquite que me heredó mi abuelo. Con dificultades todavía, camino somnoliento. A duras penas me dirijo hacia el baño, veo el reloj que está en la pared afuera de la ducha y me lavo la cara; luego, me pongo uno de los relojes Casio G-Shock solar que dejé la noche anterior en el mueble del lavabo. Posteriormente, voy al armario y saco el pants Adidas negro, siempre y cuando sea de lunes a miércoles, porque de jueves a sábado, uso los pants Nike que son azules. Me pongo los tenis y bajo a la cocina para prepararme el licuado que ya dejé listo en el refrigerador la noche anterior. Después, ya estando despierto al cien por ciento, me pongo los audífonos inalámbricos, preparo el contador de pasos en el iPhone, al tiempo que vuelvo a ver la hora, y salgo a correr. Al momento de salir, el reloj de pared de la entrada y todos los demás, deben marcar exactamente las 6:22. Corro en el parque que está enfrente de la casa; el sonido del aire a esa hora es especial, el viento sopla lento acariciando mi rostro y me hace despertar a la ilusión de un mejor tiempo. Cuando voy en la penúltima vuelta al parque saludo a don Chano que va llegando a la esquina a poner su puesto de tamales y atole.

El regreso a casa después de correr debe de ser a las 7:16. Tomo agua. Veo la hora en el reloj cucu de la cocina. Doy la vuelta al reloj de arena que está en la mesita del teléfono. Luego, voy a ducharme. Me visto con la camisa negra, los jeans negros y las Dr. Martens negras que toquen ese día. Me pongo, en la muñeca izquierda, el reloj que le pertenezca a ese día del año. Me doy cuenta que debo apresurarme cuando mi corazón late más rápido, como si me indicara la hora. Veo la hora en el analógico que está arriba de la puerta de mi recámara, y efectivamente, se está haciendo tarde. El tiempo restante antes de salir es el justo para desayunar lo que corresponda ese día. Cuando todos los relojes marquen las 8:23 debo salir; de esa manera alcanzo a llegar perfecto antes de que el reloj de la entrada de mi oficina, que está a cinco casas de la mía, marque las 8:29. Al llegar a la oficina y encender el ordenador, ya me puedo relajar y me olvido de la hora y los relojes, porque puedo perderme entre las ramas de los pensamientos e ideas que lleguen a mi mente para iniciar a escribir o continuar con la novela que corresponda en ese momento.

Así ha sido mi rutina de lunes a sábado desde hace unos cinco años, dos meses y tres días, que fue cuando se largó Rebeca con mis dos niñas. Se fue sin dejar rastro más que en mi corazón. Desde entonces mi temor por el tiempo aumentó, tal vez porque en el fondo me dé miedo morir sin saber dónde están los amores de mi vida. Los domingos, son los días que salgo a los lugares que visitábamos cuando estaban Rebeca y mis niñas. Voy a los centros comerciales, tal vez al cine, o a comer a algún restaurante que nos gustaba. Procuro seguir los horarios que acostumbrábamos. Pero, de unos días para acá, la cosa ha cambiado.

A Bruce Wayne le asustaban los murciélagos y se convirtió en uno para que sus enemigos compartieran su miedo. En cuanto a mí, creo que me estoy empezando a convertir en un reloj.

Últimamente, tal vez desde hace un par de semanas, me estuvo despertando varias veces de madrugada, el latido de mi corazón, cada vez se escuchaba más fuerte y me costaba trabajo dormir. Sonaba como el segundero de un reloj analógico. A las doce, el primer sobresalto fuerte de la noche, me despertaban doce zumbidos en mis oídos, era como si salieran de adentro para afuera. La situación fue incrementándose, también sucedía ya durante el día. Cuando se percibía silencio en el ambiente, ahí estaba mi corazón, latiendo como un segundero.

El otro día me puse a observar con detenimiento y me di cuenta que cada sesenta segundos sentía un ligero chasquido en mi estómago, tal como si fuera un minutero. Y por si fuera poco, cada hora exacta me salía un desagradable eructo. He sentido,  cómo cinco segundos antes de la hora, venía el gas recorriéndome la tráquea hasta llegar a la garganta, para finalmente salir expulsado por la boca, como si acabase de darle un generoso trago a una cerveza oscura. Pude darme cuenta que soy tan preciso como un reloj suizo.

La cosa cada vez va peor, porque de unos días para acá, me he sentido casi inmóvil, me ha costado trabajo moverme y, apenas si he podido sacudirme de vez en cuando. He sentido que si no me sacudo enérgicamente mi corazón se detiene. Otras veces, ha aparecido la necesidad de salir al sol para llenarme de energía; ha sido como un alimento para mi cuerpo durante el día, tal y como lo sería para un reloj solar.

Poco a poco me he ido haciendo a la idea que me estoy convirtiendo en un Smart Watch, lo sé porque no he perdido la lucidez de mi mente, ni mi inteligencia. Por momentos pienso que no es real, que es una de mis ficciones para una novela, pero el tic tac de mi cuerpo no miente.

Conforme pasan los días voy teniendo más control de mi cuerpo, antier pude cambiar de ser un reloj analógico a uno digital, y así por fin pude dormir profundamente; solamente me desperté asustado a las 5:47, porque de repente sonó el inicio de la canción time de Pink Floyd, supuse que era mi alarma interna.

Ahora formo parte de mi propia colección de relojes, y soy el único que me faltaba, el reloj inteligente.

Me convertí en la representación de mi propio miedo y me estoy acostumbrando a mi nueva vida, o mejor dicho, a mi nueva labor, marcar la vida de alguien más.

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