La vida de los insomnes

Por: Samuel Hernández Huerta

Cuanto más silenciosa es la transformación en su curso, más sonora es su culminación y más ruido hace al estallar.

Françoise Jullien

¿Cómo has estado durmiendo? ¿Descansas mientras duermes? ¿Cuánto tiempo duermes o en qué horarios frecuentas dormir? ¿Demoras para conciliar el descanso? ¿Desde cuándo consideras que no puedes dormir? ¿Tomas algún medicamento, cafeína, alcohol, alguna bebida energizante o golosinas antes de dormir? ¿Dónde duermes? ¿Compartes con alguien la cama? ¿Recuerdas aquello que sueñas? ¿Cuándo te percataste que no recordabas tus sueños? ¿Consideras que exista algo importante de lo que aparece en los sueños? ¿Tienes algún sueño o sueños recurrentes? ¿Alguna vez has hablado de lo que has soñado y de tus sueños?

Estas son algunas de las preguntas que frecuentemente realizo a mis pacientes en las primeras ocasiones en que nos encontramos. Tiempo más tarde, la pregunta no se olvida, pero de los sueños, hablamos. Y no como un examen o pastoral que busca saber los recónditos y oscuros sueños de un padeciente, sino porque son claves para el desarrollo de un tratamiento, sea con niños o adultos. El tema del sueño, como es bien sabido en la veta freudiana, es un tema que merece no dejar de interesarnos y de ser escuchado.

Estas preguntas podrían leerse de una forma banal y sin sentido aparente para todo el lego del psicoanálisis, pero sabemos bien que son preguntas fáciles de atender en un primer momento, ya que estas preguntas se suman a los elementos de las entrevistas preliminares, pero también de la iniciación de un tratamiento psicoanalítico.

Estas preguntas exploratorias atienden a un elemento crucial y fundante de nuestra práctica, el cual se aloja en la primicia freudiana de considerar el tema del sueño como la vía regia del inconsciente. No por atender o responder de manera sistemática a dichas preguntas, esto significa que el inconsciente se haya abierto, y que a consecuencia esté ahí «demostrado» el inconsciente.

Nuestro trabajo no es construirle rostros, escenas o interpretaciones salvajes al decir y al contenido manifiesto del sueño. En la práctica clínica uno podrá construir hipótesis, fantasías, incluso crear certezas y diagnósticos que no nos desamparen de nuestro supuesto lugar con el saber, y es aquí donde radica la sorpresa analítica. Podremos escuchar con lujo de detalle la escena de un sueño, pero de ello solo lo que se sitúe en la asociación, la intervención y el encuentro analítico podrá donarle un sentido. Cabe subrayar que un sueño tampoco es una interpretación sui generis o ipso facto, y tampoco es una hermenéutica directa nuestro trabajo. No por suponer nuestra palabra sobre lo dicho del paciente le revelará una verdad o un efecto sobre lo que ya sabía, es decir, su saber. Mientras el sujeto no asocie o interprete lo que ha oído de sus sueños con las intervenciones de nuestro trabajo y el tránsito del análisis, seguirá sabiendo lo que sabe sin desear saber, o sea, sabrá tan poco como antes.

La instrucción freudiana es una coordenada clave e importante para nuestro trabajo, y tiene una gran fuerza frente a las demandas actuales de la sociedad del rendimiento, donde el descanso, el dormir y el soñar se han tornado un lujo en los días y en la vida de los insomnes.

Algo que suele ser recurrente, mas no una generalidad, es que, en diversos momentos, nuestros pacientes llegan como autómatas vivientes a nuestros consultorios: despertar, abrir los ojos, alimentarse, trabajar, orinar y defecar, volver a trabajar, agotarse, pausar las labores, intentar dormir, ¿soñar?

Este automatismo cuasi robótico pasa desapercibido y nos interpela como clínicos. Por ejemplo, algo que suele ser frecuente en los primeros encuentros o atolladeros del trayecto analítico, es que en momentos nuestros pacientes nos indiquen que «todo sigue igual», «las cosas están igual que siempre», «estoy igual», «otra vez me pasó lo mismo», «no sé por qué otra vez sucedió si yo…», etc. La situación que bien podría leerse como una pausa o un estancamiento también enfatiza la repetición, pero es de tomar atención en que eso que habla ahora, no es lo que habló. Podrán ser escenas, nombres, rostros, cuerpos, sensaciones similares, pero nunca lo mismo. El operador clínico se sitúa en un significante, aquel operador que tendrá que salirse del enjambre para poder situar otro orden. Incluso, siendo un poco atentos, está implícito en el discurso que eso que pasa, no es de sí mismo, hay una proximidad o extimidad en lo íntegro del sujeto y las incomodidades de su vida. Eso que pasa, exige en su propio tenor de palabra una acción que intercepta al sujeto, lo conduce y lo desplaza de un lugar a otro. Eso que le pasa a nuestro paciente, por ende, implica que el sujeto queda deslocalizado, por ello que el sujeto se vaya elaborando también en el trayecto del análisis.

Nuestros pacientes podrán llegar continuamente y hablar cada vez que asisten con nosotros, pero el sujeto, este asunto por el cual se activa o reactiva un síntoma, es lo que irá produciéndose en el tratamiento analítico.

Otra situación se ha olvidado en nuestra práctica y escucha, y es que aquello que se repite, nunca repite ni dice lo mismo, por contradictorio que parezca. Podremos escuchar, incluso verificar que algunas acciones del sujeto tienden a repetirse de manera similar a otras, pero no implica su réplica o su copia. Entonces, por gracioso y extraño que parezca, lo que notamos en la clínica psicoanalítica es que se repite la misma situación sin ser la misma.

Al respecto, ahora recuerdo a un joven paciente, a quien siempre le pasaba lo mismo con las mujeres y con el descanso. Le era complicado acercarse a ellas, le costaba mucho hablar, y más aún, siempre estaba cansado y con muchos problemas para dormir, al grado de tener dificultades en los temas escolares por su bajo desempeño y ausencia. Después de mucho silencio en las primeras ocasiones de nuestros encuentros, los primeros temas que comenzaron a hablarse eran el hastío en el cual se sentía, el insomnio recurrente y la enorme ansiedad que lo derrumbaba, a esto, se suma que dijera que «no soñaba». La vida para él no tenía sentido, estaba agotado, incluso para deprimirse, pero los rasgos de la melancolía aparecían. Aquí es importante subrayar esta situación, ya que no estaba deprimido —en la nosología psicológica o psiquiatrizante—, pero estaba a ligeros pasos de una melancolía, y esto sabemos bien tiene otras implicaciones, no solo de riesgos, sino de directrices clínicas. Bien, continuamos hablando, ambos, porque creo que en lo que he leído, estudiado y comprendido en la propuesta de Freud, es que no basta con que el paciente hable, también implica que nosotros estemos ahí, con la presencia y las palabras.

El silencio claro que puede ser un bálsamo, pero no será en todos los momentos en que se precise de dicho pharmakon para colmar el dolor del padeciente. A veces, además del silencio, una palabra, un gesto o un acto puede ser un operador que ponga en circuito una vez más al deseo y a las palabras de los analizantes. Tal vez, podríamos replantear nuestras formas de intervenir ya no solo desde el silencio, sino desde el eco y polifonías que nos ofrece el espacio analítico. Así, probablemente los tiempos de un análisis dejarían de estar encriptados en una larga duración como se ha caricaturizado a los psicoanalistas de antaño, y no por mero acto de prontitud, sino de método.

Continuando con el tema de este paciente, era notorio que al estar hastiado del mundo y de su vida, sus actos lo llevaban continuamente a una especie de soledad solitaria. En términos muy someros y generales podemos decir que existe una soledad común que nos pertenece, pero ello no amerita que la soledad nos consuma y que estemos en la orfandad del Otro.

Las primeras ocasiones en que asistía al consultorio, a sabiendas de estos primeros esbozos, será notorio que el silencio no tendría la mejor función en el inicio del tratamiento, por ello, aunque el silencio fuera la primera carta de presentación, también fuera la transformación silenciosa la que fuera ocurriendo de poco a poco y que permitiera avanzar.

Él me contaba que no tenía amigos y que, incluso, no tenía interés en tenerlos. En su fantasía, él sería siempre rechazado por el otro, de igual manera con las mujeres. Era un joven introvertido, muy serio en primeras ocasiones, silencioso y habitado con un no saber qué es lo que le pasaba; aunado a ello, la epidemia de la ansiedad también lo había contagiado, pero supongamos que, entre los resquicios de su ansiedad, la angustia se avistaba. El tema del descanso desde el inicio fue tajante: «no puedo dormir, no sueño, y cuando duermo me levanto demasiado tarde».

Al paso de nuestros encuentros poco a poco comenzó a hablar un poco más, intentó regularizar sus temas académicos, intentó acercarse a un par de mujeres que le atraían, intentó dormir temprano, intentaba descansar, sin embargo, algo fallaba. El agotamiento era continuo. En alguna ocasión le pregunté qué es lo que hacía antes de dormir, a lo que me respondió que estaba leyendo un libro, y se quedaba hasta las tres o cuatro de la madrugada despierto. Comenzamos a hablar de su hábito de lectura, a lo cual él comentó que se sentía y desearía ser como aquel personaje que leía todas las noches antes de dormir. Aquí cabe mencionar que en cuanto al tema de las amistades o mujeres siempre refería que él debería crearse un personaje para poder entrar en sintonía con ellos. Es decir, no era él, sino su personaje quien saludaba a los otros.

En alguna ocasión retomamos el tema del libro debido a que situó su vida con un personaje. A partir de aquí, el tema de la escritura y la ficción que aparecía y que en momentos creaba para lidiar con el mundo, comenzó a tener un sentido bastante oportuno. No entraré en detalle en el tipo de obra y literatura oriental que comenzó a leer, lo que sí es importante situar en el texto es que dentro de la obra había fragmentos clave, o párrafos clave donde él se localizaba. El más relevante y que él propuso fue que en dicha novela «sus personajes» tenían la habilidad de transportarse a otros lugares de manera inmediata.

Cuando comenzó a hablarme de las lecturas que realizaba previo al dormir, él se transformaba. Hablaba fuerte, se descubría el rostro y hablaba sin titubear. Recuerdo que, en aquel entonces, mientras él narraba los comentarios de sus lecturas, yo me preguntaba mientras lo escuchaba lo siguiente: ¿dónde se articula o se sitúa más allá de «leer» y más allá del acto de la «lectura»? Bueno, se me ocurrió a partir de lo escuchado preguntarle si él tenía alguna afinidad por la escritura, esto no fue una mera ocurrencia, ya que en algún momento contempló la idea de estudiar artes plásticas, así que opté por seguir en esta línea de creación y fue así como llegamos al tema de la escritura.

Su padre, además de ser docente, tenía una gran cercanía con la escritura, y aunque el tema del padre también era un «tema», la dirección que fue tomando esta viñeta fue por el orden de lo que comenzó a escribirse.

Al preguntarle si había alguna afinidad por la escritura me comentó que no precisamente, y que su cercanía a dichas novelas le causó el interés por crear historias, ya no habló de inventar personajes, sino, crear historias. Tema que fue crucial para lo consecuente. Continuamos hablando, y en alguna ocasión me dice que ha comenzado a escribir, sus referencias continuaban siendo las novelas que lo habían capturado en las noches. Hasta aquí y en estos tiempos el sujeto seguía en cierta medida con las incomodidades como la dificultad para dormir o para recordar lo soñado, pero llegamos a un recoveco y ahí comenzamos a explorar.

Como lo mencioné al inicio de este breviario, las preguntas sobre el dormir, el descanso y el sueño son regulares en mi trabajo, así que opté por preguntar una vez más sobre dichos temas que estaban circulando en otro tiempo. Cabe aclarar que no hablo de ninguna cura, verificación de síntomas o diagnósticos, al contrario, intento compartir lo que el propio sujeto fue hablando y en conjunto fuimos escribiendo, por decirlo de alguna forma.

Pregunté por su estado de sueño, si es que acaso las dificultades para dormir continuaban y contestó que sí. Pero, recordemos que no siempre es lo mismo de siempre, y es aquí donde hubo una diferencia. Tenía algunas sensaciones de haber soñado, no recordaba qué, pero tenía la seguridad de que había soñado algo. Esto es algo que suele aparecer en los avances de un análisis. Insisto, no es una generalidad, pero comienza a haber una falla en aquello que estaba sólidamente fijado (sea la represión, un mecanismo de defensa, un síntoma, un malestar, etc.). Puedo proponer que nuestro trabajo conduce a crear o darle voz a las fallas que tenían inmóvil al sujeto. Y, partiendo de esto, sin tener más palabras para escuchar y solo sensaciones, no apresuraba a mi paciente a que nombrara aquello que le estaba sucediendo.

Sabemos que nuestro trabajo tampoco se trata de psicoeducar o enseñar a hablar, así que le propuse los siguiente: le propuse antes de despedirnos en alguna de nuestras sesiones que, si lo consideraba necesario o deseaba, podría mandarme un mensaje cuando recordara su sueño, o sea, que me contara lo que había soñado. Y fue así, que en varias ocasiones por la madrugada recibí un par de mensajes con relatos breves de sus sueños. Tampoco entraré en detalles de los temas que abordaban sus sueños, pero es importante enfatizar, que un análisis no se cierra o concluye en solo un abrir y cerrar las puertas de nuestros consultorios.

Después de un par de mensajes que rondaban entre las tres, cuatro o cinco de la mañana, yo le respondía (cuando leía el mensaje) y le proponía que habláramos de ello cuando fuera nuestro próximo encuentro. Y, bueno, fue así como comenzamos a hablar de sus sueños que se anudaban con otros de sus temas que se habían dejado entrever en ocasiones previas. Un poco después, los mensajes ya no estaban en mi bandeja de entrada, y fue que pasamos del acto de la escritura, a hablar. A partir de que se volvió muy frecuente hablar de los sueños y sensaciones con las que amanecía, algo se fue transformando y cambiando de lugar. Aquel sujeto que construía personajes y máscaras para interactuar con otros fue más idéntico con sus lazos, y aunque el tema de la complejidad que le resultaba para acercarse a las chicas que le atraían, giró lo necesario, no solo para acercarse y hablar, sino también para sobrellevar más que un rechazo, el no ser correspondido, pero no por ello desistir de sus deseos y de sus palabras.

El sujeto habla en otro tiempo y se afianza en las escenas de una repetición so pretexto de evitar la meta de su deseo, de manera similar pasa con el asunto del sueño. No es baladí que en una serie de operaciones el sujeto haya leído, escrito y escrito de otra manera su palabra. El sueño y el descanso se destrabaron de poco en poco, porque ahí donde la obturación de la palabra estaba impedida para hablar, nuestro lugar y función en el circuito transferencial también nos involucra con nuestro analizante. También nosotros estamos implicados desde que hemos aceptado recibir a alguien en nuestro consultorio, en un análisis.

Nuestro tiempo ha mostrado cambios drásticos en los modos de vida y hábitos de las sociedades actuales. Desde laborar más de las supuestas ocho horas hasta ser el empleador de sí, o los excedentes títulos académicos que irónicamente el capitalismo académico exige. Estas condiciones claro que afectan al sujeto. Reiteramos que el sujeto es con Otro, y que toda individualización y fragmentación tanto social como singular, atenta contra nuestro deseo. En el caso de la infancia, por ejemplo, recuerdo que hablando con el papá y mamá de uno de los niños que atendía me contaron que preferían que sus hijos estén despiertos todo el día, para que puedan dormir de manera continua toda la noche y dejarlos dormir a ellos. ¡La siesta en la infancia se ha privatizado por el bienestar y el goce de los padres y madres de los niños!

Hay algo que muy probablemente nos hemos encontrado en las entrevistas e inicios de un tratamiento, y es que a nuestros pacientes el tema del soñar les pasa desapercibido, han olvidado o evadido lo potencial, pero también lo problemático que podría llegar a ser hablar de esas figuraciones que anteceden al despertar. Que en el lecho de «el bien dormir» no basta con cerrar los ojos, dormir un cierto número de horas o de realizar un ritual para conciliar el sueño.

Es frecuente escuchar la palabra conciliar, desconozco si en otros lares se recurra a la misma palabra, pero es de saber que tendemos a decir y escuchar que hay que «conciliar el sueño». Esta palabra es dichosa, ya que conciliar remite a una resolución ante un conflicto por los agentes en disputa; creo que, tal vez, nuestro trabajo clínico también implica esta posición, la de ser conciliadores no solo con el descanso o el sueño, sino con el deseo y sus resonancias en las oscilaciones de la vida de los insomnes.

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