La supervisión clínica en la práctica psicoanalítica.

El retorno a Freud, una vuelta a los pilares fundamentales.

Por: Samuel Mora

De la conjunción de signos brota el sentido.

Por ello, concebir la supervisión como el análisis del sentido, transforma el clásico control en un espacio probable de (re)creación de la clínica. La intención, por lo tanto, es formativa. Potencia, así, la posibilidad de ampliar la escucha acerca del paciente siguiendo, como cauce, la praxis freudiana en torno a la clínica y a la psico(pato)logía. Esto define, más que un escuchar aprendiendo, un aprender acerca de la escucha. Queda claro que, desde aquí, el trabajo central no es con el paciente, sino con la escucha del terapeuta.

 Jorge M. Helman

En este texto deseamos destacar la supervisión clínica como una práctica fundamental en la formación analítica, como lo son llevar el propio análisis o tener una preparación académica constante y en ella la producción de material teórico y de enseñanza.

Aquello que nos lleva como analistas a tomar la decisión de la supervisión es subjetivo, pero creemos que, para la mayoría de analistas, sería la formación previa a la elección de introducirse al psicoanálisis, ya que muchas veces esa información, esos paradigmas o miradas éticas que nos anteceden pueden ser una interferencia. Freud menciona en su ensayo Análisis terminable e interminable: «Evidentemente no podemos pedir que el que quiera ser psicoanalista sea un ser perfecto antes de emprender el análisis; en otras palabras, que solo tengan acceso a la profesión personas de elevada y rara perfección». (Freud, 1937, p. 3361)

Partiendo de esto, si el psicólogo u otro comienza la práctica clínica respaldado únicamente con esa formación previa, al poco tiempo irá viendo cómo esto le puede imponer un límite que sesga su práctica, lo que puede llevarlo a incurrir en limitaciones técnicas o no observar la adición del paciente, haciendo evidente su dificultad para la comprensión y el acompañamiento de los aspectos afectivos de índole inconsciente en el trabajo clínico.

Freud se pregunta en 1937: «Pero ¿dónde y cómo adquirirá el pobre diablo las calificaciones ideales que ha de necesitar en su profesión?» (Freud,1937, p. 3361) Enfrentar los problemas que antes mencionamos puede movilizar en la mejor de las suertes el deseo de buscar otras alternativas. Si partimos de un mayor acercamiento a la teoría psicoanalítica, quizá al poco tiempo y si el sujeto ha encontrado el lugar adecuado, entenderá que la práctica clínica no puede ser ética sin ir acompañada bajo la supervisión de otro analista que posea suficiente grado de experiencia en el manejo de los procesos inconscientes, el manejo terapéutico de los pacientes, en el ejercicio de la atención flotante psicoanalítica y en la educación de analistas; por lo cual el trabajo de supervisión será un proceso activo a modo de dispositivo de Super-Visión, el cual se entiende como un proceso clave en la formación de  especialistas en el trabajo clínico, ya que les otorga conocimientos y aprendizajes para una mirada más amplia respecto a su ser ahí y sus implicaciones en su posicionamiento como analistas. En palabras de Freud la respuesta es:

En un psicoanálisis didáctico, con el que empieza su preparación para sus futuras actividades. Por razones prácticas este análisis solo puede ser breve e incompleto. Su objetivo principal es capacitar a su profesor para juzgar si el candidato puede ser aceptado para un enfrentamiento posterior. Habrá cumplido sus propósitos si proporciona al principiante una firme convicción de la existencia del inconsciente, si le capacita, cuando emerge material reprimido, para percibir en él mismo cosas que de otro modo le resultan increíbles y si le muestra una primera visión de la técnica que ha demostrado ser la única eficaz en el trabajo analítico. Solo esto no bastará para su instrucción; pero contamos con que los estímulos que ha recibido en su propio análisis no cesarán cuando termine y que los procesos de remodelamiento continuarán espontáneamente en el sujeto analizado, que hará uso de todas las experiencias subsiguientes en este sentido recién adquirido. En realidad, sucede esto, y en tanto sucede califica al sujeto analizado para ser, a su vez, psicoanalista. (Freud,1937, p. 3361-3362)

Para entender la importancia de la supervisión psicoanalítica y resolver desde fundamentos teóricos el porqué de esta, podemos pensar en sus comienzos, remontándonos al caso Juanito, donde Freud, va elaborando un modo de trabajo con el paciente infantil y postula hipótesis sobre la teoría, al mismo tiempo que a la distancia guía a los padres para que ellos puedan ir adaptando los conocimientos y obtener resultados en la vida de su hijo.

De igual modo, Freud elabora su trabajo en los artículos Consejos al médico en el tratamiento psicoanalítico, Sobre la iniciación del tratamiento o ¿Pueden los legos ejercer el Psicoanálisis? Entre otros, va otorgando la importancia a ciertos pilares elementales para desarrollar la práctica analítica, tales como la adición a un marco teórico, el análisis personal de quien desempeña el rol de analista y la supervisión a cargo de otro analista, quien también ya experimenta por sí mismo la experiencia analítica. Argumentaba que podría entenderse la supervisión a través de fundamentarla en el desempeño mismo del psicoanálisis y sus lineamientos teóricos; de que la misma fuera llevada a cabo por un psicoanalista experimentado. Partiendo así de estos elementos, en 1937, Freud ya se ha percatado de ciertas profesiones imposibles: educar, gobernar y, agrega, analizar. «Parece casi como si la de psicoanalista fuera la tercera de esas profesiones «imposibles» en las cuales se está de antemano seguro de que los resultados serán insatisfactorios. Las otras dos, conocidas desde hace mucho más tiempo, son la de la educación y del gobierno».

Debido a estas imposibilidades que enfrenta el formarse como analistas muchos optan por no seguir en sus andanzas y otros simplemente se mantienen a los márgenes que su zona de comodidad les permite. Freud nos dice:

Pero por desgracia también ocurre otra cosa. Si intentamos describir, solo podemos hacerlo partiendo de impresiones. La hostilidad, por un lado, y la parcialidad, por el otro, crean una atmósfera desfavorable para la investigación objetiva. Parece que cierto número de psicoanalistas aprenden a utilizar mecanismos defensivos que les permiten desviar de sí mismos las implicaciones y exigencias del análisis (probablemente dirigiéndose hacia otras personas), de modo que ellos siguen siendo como son y pueden sustraerse a la influencia crítica y correctiva del psicoanálisis. (…) que nos advierte de que cuando un hombre está investido de poder le resulta difícil no abusar de él (Freud,1937, p. 3362)

 Incluso Freud nos advierte de las posibles consecuencias nocivas de evitar el análisis y con «ello» la supervisión y nos orienta para continuar el análisis.

No sería sorprendente que el efecto de una preocupación constante con todo el material reprimido que lucha por su libertad en la mente humana comenzara a rebullir en el psicoanalista lo mismo que las exigencias instintivas, que de otro modo es capaz de mantener reprimidas. Estos son también «peligros del psicoanálisis», aunque amenazan no al elemento pasivo, sino al activo en la situación analítica; y no deberíamos descuidar el enfrentarnos con ellos. No hay duda acerca de cómo debemos hacerlo. Todo analista debería periódicamente – a intervalos de unos cinco años someterse a un nuevo análisis sin sentirse avergonzado de dar este paso. Esto significa entonces que no solo el análisis terapéutico de los pacientes, sino su propio psicoanálisis, se transformarán desde una tarea terminable en una tarea interminable (Freud,1937, p. 3349)

Partiendo de estos abordajes freudianos, podríamos ahondar en esas posibles causas para desplegar posturas defensivas ante la supervisión y por las que posiblemente no logra ser tan difundida o aplicada en la práctica cotidiana entre los analistas, tanto dentro como fuera de las instituciones. Respecto a esto León Grinberg en el texto La supervisión psicoanalítica, teoría y práctica (1975) nos menciona que una de las principales conflictivas que enfrenta el principio de la supervisión es «La falta de una preocupación por enseñar y preparar a los analistas graduados a que, a su vez, adquieran la capacidad para enseñar». Lo que comienza a hacerse notorio a este punto es que la supervisión se vuelve parte imprescindible de una estricta disciplina analítica y que va acompañada de un análisis propio.

El déficit en la enseñanza, nos advierte Grinberg, pueden generar que en su desconocimiento el analista deba improvisar o en su defecto empatar los conocimientos hasta ahora adquiridos para repetir sus experiencias previas, podríamos pensarlo a manera de compulsión a la repetición en una búsqueda por resolver esas problemáticas que surgen compulsivamente en la experiencia analítica. Uno de los objetivos de la supervisión, sería dotar al analista en formación de conocimiento para que logre empalmarlo en su labor práctica, clínica y de enseñanza «El proceso de supervisión busca incrementar el instrumento analítico» (Grinberg, 1975, p.8). De esta manera la supervisión genera un mecanismo de superposición con otros dos elementos: el propio análisis, la formación teórica y de enseñanza; abonando así el terreno a las 3 labores imposibles mencionadas por Freud.

Los posibles enfrentamientos que se tienen en el proceso de supervisión, habrá que entenderlos como causas a manifestarse en coexistencia en mayor o menor proporción y determinados por las cuestiones intersubjetivas de cada paciente, su relación transferencial con el analista y de este con aquel que lo supervisa. Grinberg nos explica que una principal antítesis de abandono de la supervisión tiene que ver con aspectos filosóficos y esto se puede dar también a nivel institucional:

Uno de los puntos de partida más importantes para comprender los problemas que pueden surgir en cualquier supervisión es el correspondiente a su filosofía me estoy refiriendo entre otras cosas al conjunto de objetivos esquema referenciales técnicas y expectativas que cada supervisor tiene de su tarea específica no solo el supervisor sino también en el Instituto al que pertenece tiene una determinada filosofía con respecto a la supervisión que puede o no ser compartida por el supervisor, naturalmente en caso de no haber coincidencia suelen suscitarse conflictos en la relación supervisado, supervisor, instituto (Grinberg, 1975, p.9).

Cómo podemos producir nuevos modelos de supervisión que puedan ir suplantado las necesidades de la época y haciendo de esta una práctica bien adoptada, como nutriente elemental de las raíces de los postulados teóricos psicoanalíticos, a partir de lo cual podremos ir analizando sus efectos en las conductas de los actores de la supervisión, teniendo así una evaluación constante de nuestros procesos de supervisión y no dar todo como acabado en el modelo de enseñanza aprendizaje.

El término supervisión deriva etimológicamente del latín super (sobre) y videre (ver), es decir, visión desde arriba. Por tanto, denota una posición superior de alguien, desde donde ve algo. En el campo de la formación del analista, el sentido es favorecer lo que permite una reflexión crítica de la propia práctica, lo que pueda derivar en una transformación, tanto en su saber cómo en su hacer del analista. Supervisar implica escuchar a un analista en formación brindando una visión para desarrollar su capacidad terapéutica, a través de un proceso de retroalimentación post-sesión, del juego de transferencias y contratransferencias, del vínculo con el paciente.

Si entendemos al pensamiento psicoanalítico como nos menciona Olga Rochkovski (2016), como un espacio para aprender el oficio del psicoterapeuta, deberíamos entenderlo como un «paradigma vivo», heterogéneo, abierto, que hace aportes al mundo, al mismo tiempo que se nutre del contexto donde se desarrolla. Convive e interactúa con múltiples teorías, prácticas, construcciones teórico-clínicas y otros paradigmas. Si no fuese así, empezaría su propio proceso de deconstrucción, como le ocurre a todos los sistemas vivos que dejan de nutrirse y estar abiertos a lo que viene del contexto. Hoy debemos reconocer la inexistencia de UN psicoanálisis, tenemos una pluralidad de prácticas que tienen lugar al amparo de este nombre.

Consideramos, pues, que debemos ir desarticulando el esquema del analista rígido. El psicoanálisis no es, como creen algunos platónicos, quedar subsumidos en la ortodoxia casi dogmática y sectaria. El psicoanálisis es una práctica que permite evoluciones, disyunciones y nuevas perspectivas que van reescribiendo las verdades del pasado, debemos salir de la idea tradicional del control, irrumpir la percepción de la super-visión como algo que dota al supervisor de una posición de grandiosidad que impide al supervisado sentirse cómodo de hablar, ser escuchado y orientado. El autoritarismo trae riesgos, tales como alejar a ciertos sujetos del deseo de la práctica analítica.

Siegfried Zademack

La supervisión, creemos, nos debe traer el reto de la re-creación; pensemos en la idea del análisis donde podemos ver compartidos ciertos elementos, y así como se le solicita al paciente que asocie libremente, el supervisado debe poder sentirse en la misma posibilidad de libertad, siempre y cuando esté bien encaminado, al igual que el paciente, por marcos flexibles de trabajo que le permitan avanzar en sus objetivos y deseos prácticos y profesionales. Todo esto podríamos pensarlo desde la instancia del lenguaje, buscando desarticular siempre las nocivas influencias de la cultura y la tradición. El supervisor deberá lograr salir de las posiciones de control y eso también tiene que ser resuelto en su propio análisis, a partir de cómo resuelve sus conflictivas con el poder y sus ejercicios de este.

Parece, pues, que lo que determina la posición del supervisor ante la experiencia es la lectura que tiene del «texto» que el supervisado le muestra como su propia lectura de la experiencia en análisis; la posición del supervisor está determinada por su lectura de una lectura y la reacciones y actitudes que asuma ante eso que lee.

Julia Kristeva utiliza dos aristas para definir un texto. Primero, como objeto abstracto de la literatura y la lingüística; en segundo lugar, como organización axiológica de significantes. De alguna manera como Lacan, al decir que el inconsciente está estructurado como un lenguaje ella asimila el texto a una producción inconsciente, y define el descubrimiento freudiano (básicamente el texto fundacional: los sueños) como la inauguración de una nueva semiótica translingüística. Aquí vemos que, en la práctica de supervisión, el supervisor debe atender a la organización significante del otro. La supervisión tendría que ser planteada como el espacio donde el supervisado dice sobre lo que su paciente dice. Entonces, qué sentido tendría la consigna del texto o la grabación o transcripción fidedigna que dé legalidad; quizás una ilusión de que el paciente del supervisado y el supervisor lograran una transferencia que resolviera los conflictos del analista en supervisión, pero aquí, entonces, el analista solo sería un vehículo intercesor o un amanuense de su paciente.

Consideramos que se debe tener una actitud diferente; la consigna sería que el analista habla de su paciente, si esta consigna representa conflicto, como al paciente la consigna de la asociación libre, el supervisado recurrirá a sus notas, como el paciente a sus discursos preelaborados, lo que constataría defensas, a diferencia de si el supervisado se permitiese que su paciente fuere una inspiración «condicionalmente» asociada. Como dice Lacan, el inconsciente es un lenguaje a manera de metáfora o jeroglífico.

Entendido de esta manera, el contenido que se produciría de la supervisión debería ser una traducción inconsciente, una construcción de nuevas tramas, que en el espacio de la supervisión echaría nuevas raíces a la estructura rizomática, generando nuevas conformaciones subjetivas que aparten del terreno de la objetividad, pues ¿por qué los analistas buscan la «objetividad» cuando en rigor se enfrentan a subjetividades, hechos únicos, irrepetibles, singulares? En dichas traducciones, entonces, la transferencia que se logra sigue siendo del analista con los hechos vinculados con su paciente y no con su supervisor. En otros términos, para nosotros no es simplemente: «yo siento que el paciente…», sino cómo es la constitución subjetiva desde la que se narra ese nuevo sujeto que aparece frente a mí centralmente, cómo puedo entretejer eso en una narrativa que me enlace con mi supervisor y que, curiosamente, puede quedar en ella recogida la experiencia vivida en transferencia con el paciente.

Creemos que tomar esta posición ante la supervisión permite rellenar las hiancias entre el discurso del supervisor y el supervisado, lo que tendrá repercusión directa con el paciente, a pesar de que la supervisión sea con el analista y no con el paciente.

Por otro lado, a pesar de las aclaraciones ya hechas, creemos importante evitar confundir la supervisión y el propio análisis, prevenir las superposiciones nocivas, la supervisión no debe interferir en la subjetividad del supervisado, eso será terreno de su análisis. Así mismo, en el espacio de lo que se entrecruza con la supervisión es importante apartar de esta el trabajo de contenidos teóricos, ya que esto también debe incurrir en otros espacios, la consulta bibliográfica será siempre bienvenida en la formación, pero solo en calidad de invitado en lo que a la supervisión respecta. Los conceptos y la teoría, como dice Freud, deben quedar fuera, pero esto ineludiblemente nos reanima a buscar en los libros y no que estos no lleven a moldear la clínica, pues eso quitaría nuestra atención flotante que permite la libre asociación, esta regla (fundante y fundamental) suspende posibles prejuicios (incluso teóricos) y permite que la teoría haga su efecto por el camino ineludible del retorno de lo reprimido.

En resumen, nuestro texto plantea la supervisión como un terreno lingüístico cohabitado de diversos actores que entrelazan sus discursos y saberes en un relato único. La clínica analítica se postula como alternativa atrevida, allí donde retrocede la clínica médica u otras prácticas Psi ante las neo subjetividades. El psicoanálisis instaura un deseo de restituir aquello que ha sido exiliado del lenguaje. Concebir desde esta perspectiva la práctica clínica permite entender la supervisión desde una perspectiva diferente, singular y creativa; de esta forma podemos ir del «sentido de la supervisión» a la «supervisión del sentido».

Bibliografía

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Bosworth, H. The Training Analyst: Analyst, Teacher and Mentor. Journal of Psychoanalytic Association, Vol. 57, 2009, p. 663.

Deleuze, Gilles & Guattari, Félix. Capitalisme et Schizophrénie 1. L’Anti-Œdipe. París: Minuit, 1972.

Emch, M. The Social Context of Supervision, Int. J. Psycho-Anal,1955.

Freud, Sigmund, Análisis terminable e interminable, Buenos aires, Obras Completas, Luis López-Ballesteros y de torres, siglo XXI, p.3339-3364.

Gringberg, L. La supervisión psicoanalítica teoría y práctica, Paidós, buenos aires, 1975

Kristeva, Julia. Semiótica I, Espiral, Ed. Fundamental. la Universidad de California1978

Olga Rochkovski, La supervisión, un espacio para aprender el oficio de psicoterapeuta, 2016

https://www.topia.com.ar/

Publicado por samuelmora

Psicoanalista

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