Historia del consultorio (2)

El comienzo

Por: Eunice Michel

      Para mi hermano Javier Michel

Revisando mi anterior entrega para esta página, sobre la historia de nuestro proyecto, me doy cuenta de que he escrito más bien de manera coloquial y hasta anecdótica; pero también hago conciencia de que así quiero que sea, por dos motivos: el primero está relacionado con el estilo que mejor me va cuando quiero escribir sobre la historia pequeña, esa que todos y todas vamos construyendo cada día y a la cual llamamos vida cotidiana (esa que, conformada por actos quizá modestos y simples, será al final, y lo es desde el principio, la única que se tiene y la más importante); el segundo, es de que estoy narrando de memoria y dejando, como en el proceso psicoanalítico, que lo que quede contenga recuerdos y también olvidos. Después de todo, en nuestra labor son tan esenciales unos como otros y ambos constituyen el pasado del que, como acertadamente se ha dicho, no hay más que el presente.

Al principio, Lilia Oliver y yo acordamos, a propuesta mía, abrir el consultorio un solo día, dos horas a la semana, de las 16 a las 18 horas, y que, según el resultado que tuviésemos, continuásemos o no con el proyecto. Ella propuso el lugar y, con respecto al horario propuesto, así hicimos.

Recientemente se había cambiado el servicio médico de la División de Estudios Históricos  y Humanos (DEHH) a un espacio más grande del que tenía, proporcionado por la Dirección de Protección Civil del Estado y que está al lado de la escalera para bajar a los Departamentos de Lenguas, Carrera de Derecho, donde hay una librería, una cafetería y un patio que antes quedaba al lado de la ex Facultad de Filosofía y Letras, en la cual, actualmente, con el término de Carreras, funcionan las licenciaturas de Historia, Filosofía y Letras, en los Departamentos correspondientes, en el edificio que correspondía a la Facultad de Comercio y Administración en los años 70.

Nosotros ocupamos el espacio vacante del servicio médico. Es un cuarto pequeño, situado al final de un pasillo largo, que comienza con el Departamento de Filosofía, continuando por un tramo de la DEHH y enseguida de la Sala de Maestros del Sindicato académico de la UdeG.

En ese punto se abre un pasillo que da a los jardines de la División. Atravesando ese pasillo, quedó el consultorio nuestro, frente a la librería informal de Juan, quien tiene unos 30 años vendiendo libros en dos mesas improvisadas para ese efecto.

La primera vez que fui al lugar, me pareció pequeño, pero funcional para lo que requeríamos, con solo un detalle (que no era menor). Había un escritorio, 4 sillas, un estante con medicinas y un archivero. El estante hacía las veces de pared; porque en la parte trasera se encontraban dos aparatos que desde luego no necesitaríamos: una báscula y una mesa ginecológica. Cuando Lilia y yo los vimos, solamente comentamos: «Aquí necesitaremos un diván y un sillón». Dichos artilugios (la báscula y la mesa ginecológica), esenciales para un médico, para los y las psicoanalistas, representan algo que tiene que ser removido (en más de un sentido).

Pero mientras eso ocurría, nuestras entrevistas tendrían que hacerse en el escritorio, con los pacientes cara a cara, como decimos en análisis.

Y bien, pues heme ahí un viernes de septiembre de ese año (2013), colocando en la puerta el letrero que anunciaba el consultorio, los horarios y mi nombre. Cuando en esas me encontraba, ocurrió un suceso que no puedo dejar de calificar, por lo menos, de curioso; aunque muy significativo (que resignificaría retroactivamente, como todos los sucesos que cuentan en nuestra vida).

No terminaba de pegar el aviso cuando se acercó un muchacho, delgado, de lentes, con el pelo largo y güero y con un aire especial que me hizo pensar en un posible paciente. Preguntó: « ¿Y esto qué es? » Pero antes de que respondiera, se quedó mirando la hoja de papel blanco improvisada donde se anunciaba el consultorio y me espetó: « ¡Pero cómo! ¿Un Consultorio de psicoanálisis que abrirá solo los viernes y además solo dos horas? ¡No es posible! ¡Un espacio como este tiene que estar abierto mañana y tarde, todos los días! ». Y, sin más, se alejó por el pasillo.

En ese momento, me quedé pensando, aún sin asimilar bien a bien lo que había dicho. Mucho tiempo después lo entendí y contribuyó a lo que este espacio llegaría a ser, como los papás y mamás de nuestra generación nos decían: «Con el tiempo y un ganchito».

Terminé de acomodar el letrero y me senté a la entrada, frente al escritorio del médico, a hacer lo que hace años, que ya cuentan, hago cotidianamente en mi vida: esperar paciente y pacientes.

Desde esas dos horas en esa tarde, la gente llegaba; preguntaba por el médico o por alguna medicina. Para mí fue un acopio de mayor paciencia explicar, cada vez, que el galeno ya no estaba en esa oficina, señalarles el lugar donde se encontraba y decirles que yo no era médica, sino psicoanalista y que el espacio se dedicaba ya a otros fines. A veces también, a pregunta expresa, hablar de manera resumida, de qué es el psicoanálisis (debo decir aquí que este no es un campo propiamente muy reconocido por los filósofos y, al contrario, es visto con muchos prejuicios).

Deben haber pasado aproximadamente dos meses en aquella situación.

Entonces, por circunstancias personales, tuve que ocupar el tiempo del viernes para otras actividades y le propuse a Lilia dejar solo mi teléfono y el aviso del consultorio en la puerta, anunciando que podía llamarse a ese número si se solicitaba un servicio.

Y ocurrió entonces lo que Alain Badiou llamaría eso del orden del acontecimiento. La gente empezó a llamar a mi teléfono privado y solicitar citas para análisis. Entre los primeros que llegaron fueron un empleado administrativo y una profesora. Los atendí en mi consulta privada y recordé en ese momento lo que Obdulia, mi hermana mayor, de formación médica, me dijo una vez citando a uno de sus maestros, cuando supo que iniciaría a hacer clínica psicoanalítica: «Y acuérdate, como decía mi maestro: los consultorios se hacen con las pompis» (uso a propósito este término; porque el profesor dijo uno más anatómico y, desde luego, más preciso).

Me di cuenta en ese instante de dos cosas: de que mis dos meses de pompis habían dado resultado y de que venía un nuevo año. Era el mes de noviembre…

(Esta historia continuará…)

Guadalajara, 18 de octubre de 2020

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